lunes, 13 de julio de 2009
Arte y radicalismo: la Internacional Situacionista.
Tras el final de la Segunda Guerra mundial las energías artísticas parecían distanciarse del legado de la vanguardia de principios de siglo, al profundizarse la brecha entre la agitación política y la creación estética. La obra de Francis Bacon y Bernard Buffet expresó el desencanto de una Europa desangrada por la guerra y herida por el recuerdo de los campos de concentración. La duda expresada por Adorno sobre la posibilidad de escribir poesía después de Auschwitz, se reflejó en la pintura con gestos de desesperanza y crudeza. En Estados Unidos la trayectoria de Jackson Pollock resumió el sentir de los tiempos; el artista norteamericano más importante de la época abandonó progresivamente sus simpatías por la izquierda radical para optar por un desencanto político y personal que le sumió en el alcoholismo y le llevó a una trágica muerte en un accidente automovilístico que muchas veces se ha interpretado como suicidio.
La época de la vanguardia agonizaba. Si los grandes artistas europeos, entre ellos Bacon, Dubuffet y Buffet, se mostraban como grandes vanguardistas sin vanguardia, en Estados Unidos el Expresionismo Abstracto fue un grupo más unificado por la crítica y la opinión periodística que por los artistas que la componían, quienes mostraban posiciones estéticas y políticas antagónicas en muchos casos. Paradójicamente, la “pintura de acción” era el sinónimo del deceso de la acción plástica y política colectiva.
En ese panorama desolador surgió la Internacional Situacionista; su propósito central se basaba en retomar las energías revolucionarias en los terrenos del arte y la política, apoyándose en una bien fundada teoría crítica de la sociedad capitalista. Producto de la fusión entre el Movimiento por una Bauhaus Imaginista y la Internacional Letrista, dos colectivos que tenían orígenes remotos en los residuos del movimiento surrealista europeo, la Internacional Situacionista fue fundada en 1957. El movimiento no sólo estaba compuesto por artistas plásticos como Pinot-Gallizio, Asger Jorn y Constant Nieuwenhuys, sino también por teóricos-agitadores como Guy Debord y Raoul Vaneigem.
“Hasta ahora, los filósofos y los artistas no han hecho más que interpretar las situaciones; de lo que se trata en adelante es de transformarlas. En la medida en que el hombre [y la mujer] es producto de las situaciones que atraviesa, lo importante es precisamente crear situaciones humanas”, declararon en 1964. Reivindicar la creación de situaciones nuevas era la respuesta a la alienación profundizada por la Sociedad del espectáculo propia del capitalismo tardío, formación social que llegaba a imposibilitar la experiencia de los integrantes de la clase trabajadora que se transformaban en espectadores. En los Manuscritos de Marx, el análisis mostraba cómo durante su jornada laboral el proletariado lejos de afirmarse, se negaba a sí mismo; esta alienación producida en el trabajo encontraba una salida en el tiempo de ocio, pues el trabajador sólo se sentía en sí fuera del trabajo. Guy Debord, el principal teórico de la Internacional Situacionista, retomó el análisis de Marx radicalizándolo, al señalar que el tiempo de ocio representaba la profundización de la alienación en lugar de una salida liberadora. La sociedad es una inmensa acumulación de espectáculos que operan como una inversión concreta de la vida, un movimiento autónomo de lo no vivo que invierte la realidad y el mundo. En la sociedad capitalista, el espectáculo no es un añadido (en el sentido de mostrarse como un “aparato ideológico”) sino una mercancía fundamental para el desarrollo del modo de producción. El espectáculo no solo extiende la alienación a todos los confines de la vida, también profundiza el fetichismo de la mercancía, unifica la sociedad y facilita una gestión totalitaria del Estado moderno; pero lo más importante, es que el espectáculo rapta la experiencia misma:
“La alienación del espectador en favor del objeto contemplado (…) se expresa de este modo: cuanto más contempla menos vive; cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad, menos comprende su propia existencia y su propio deseo. La exterioridad del espectáculo en relación con el hombre activo se hace manifiesta en el hecho de que sus propios gestos dejan de ser suyos, para convertirse en los gestos de otro que los representa para él”. (Guy Debord, La Sociedad del Espectáculo, tesis 30).
Ante el rapto de la experiencia la salida es crear situaciones nuevas. A la pasividad existencial cotidiana propiciada por el espectáculo se contrapone la construcción de nuevos momentos de la vida. Con estos postulados los Situacionistas se hacían tributarios de la tradición crítica del marxismo occidental, tomando el concepto de “Situación” de Sartre, coincidiendo en la crítica de la vida cotidiana con Lefebvre y profundizando buena parte de las hipótesis defendidas por Lukacs en “Historia y conciencia de clase”. Pero a diferencia del marxismo occidental, que había vivido un desplazamiento de los análisis económicos y políticos en favor de la epistemología y la estética, los Situacionistas acompañaban su arsenal crítico con un programa político basado en el “Comunismo de Consejos” defendido por marxistas críticos del Bolchevismo como Luxemburg, Mattick, Korsch y Pannekoek. El rescate de los elementos revolucionarios propios del marxismo clásico también se encontraba en su innegociable internacionalismo, pues la organización mantuvo grupos afiliados que se extendieron por Argelia, Bélgica, Inglaterra, Francia, Alemania, Holanda, Italia y Suecia, países donde diversos grupos de artistas y agitadores extendieron un programa de rescate de la vanguardia abandonada por la comercialización y el fetichismo del arte por el arte:
“Gran parte de la crítica situacionista consagrada a la sociedad de consumo consiste en mostrar hasta qué punto los artistas contemporáneos, al abandonar toda riqueza de superación contenida, si no explotada, en el periodo de 1910 a 1925, se condenaron en su mayoría a hacer arte de la misma manera que se hacen negocios”. (Declaraciones aparecidas en 1964 en la revista de la organización).
Si el fetichismo del espectáculo del capitalismo tardío impedía la experiencia genuina, el rescate de las situaciones nuevas se mostraba como un retornar doble: una recuperación del potencial subversivo de la vanguardia y un rescate del comunismo de consejos. Lejos del fácil programa utópico o de una limitada gratificación estética, los dos momentos eran la posibilidad de librar a la sociedad de la alienación cotidiana y de encontrar nuevas alternativas estéticas y políticas, sofocadas por la mercantilización del arte y su elitismo progresivo en el primer caso, y por la triple tenaza de la socialdemocracia, el estalinismo y el constante divisionismo trotskista en el segundo.
La fuerza de su proyecto empezó a agotarse cuando la expulsión de diversos integrantes del movimiento (a veces calcada de la historia de la I internacional) debilitó la presencia de los artistas privilegiando la conducción política de los teóricos comandados por Debord. A la postre, la agitación situacionista mostró su mayor influencia en la crítica de la vida cotidiana languideciendo su fortaleza estética y política. Cuando en mayo de 1968 las paredes de París se vieron invadidas por grafitis inspirados por los escritos insertos en su revista, los situacionistas encontraron que la década previa de agitación rendía sus frutos; pero al intentar incidir en el movimiento estudiantil pregonando la instauración de consejos de estudiantes y obreros, su influencia fue mucho menor. El ambiguo lema de “imaginación al poder” del movimiento 22 de marzo, y la mediatización de Cohn-Bendit, Krivine y Geismar fueron la señal de la oblicua huella del trabajo situacionista: su crítica de la vida cotidiana había propiciado la aparición del 68 como una situación revolucionaria, pero la orientación del movimiento desechaba la instauración de consejos obreros como una salida a la revuelta, mientras la prensa ensalzó a un par de dirigentes como verdaderas estrellas espectaculares de la agitación política.
En 1972 la Internacional Situacionista se disolvió tras quince años de actividades. Su final coincidió con el cumplimiento de los cien años de la autodisolución de la I internacional.
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