I
El presupuesto del primer moralista es la desconfianza frente al cuerpo. Flagela su cuerpo cuando peca, tortura el del prójimo cuando piensa (y actúa) en contra de su moral, amputa clítoris y diseña cinturones de castidad. Este moralista se preocupa por la sexualidad de los demás, pero también por su vestimenta (es más frívolo de lo que cree): diseña uniformes, velos y hábitos. Este tipo de moralista usualmente está muy ocupado escandalizándose.
En algunas situaciones no tan extraordinarias, el moralista encuentra a algunos congéneres tan escandalizados como él. Cuando están juntos las ciudades sienten su paso. De repente aparecen libros quemados, pinturas dañadas y cristales rotos. En la mayoría de ocasiones, también de repente, desaparecen personas. Personas que al esfumarse llevan sus cuerpos consigo.
Se cuenta que alguna vez un gran lexicógrafo compuso el diccionario más completo de su tiempo. Un par de semanas después de su publicación recibió la visita de una sociedad en defensa de las buenas costumbres, quienes le felicitaron por no haber incorporado palabras indecentes en su diccionario. El lexicógrafo no incluyó las palabras simplemente porque no le interesaban, pero al recibir semejante alabanza entendió que estos moralistas se habían tomado el trabajo de buscar una por una cada expresión. Los guardianes de la moral tenían un vocabulario tan obsceno que se preciaban de conocer las palabras indecentes mucho mejor que cualquiera. Podemos concluir entonces que este moralista vive escandalizado porque encuentra perversiones por doquier. Este moralista escandalizaría al más dedicado de los pervertidos.
II
A diferencia del primero, el segundo moralista confía en el cuerpo de su prójimo. El cuerpo es precioso porque es útil en el trabajo. Este moralista glorifica el trabajo físico, incentiva los cuerpos, apoya su movimiento, se excita con su despliegue, sobre todo cuando no es él quien trabaja, se mueve o se despliega.
La principal preocupación de este moralista son los números. Le encanta pensar en las cifras que determinan la velocidad en la producción de objetos, es riguroso con el tiempo, define a cada persona con un costo.
Otros moralistas prefieren que los cuerpos desarrollen inercia, convirtiéndose en fanáticos de la prohibición, pero este moralista desconfía de la quietud, aborrece el descanso, le gusta el movimiento de las máquinas y de quienes las accionan, pasa el día calculando vectores de rentabilidad de los cuerpos a su servicio. Si los cuerpos producen, las prohibiciones no son necesarias.
Para este moralista sólo hay tres cosas prohibidas para los cuerpos: Que se junten de maneras que él no había contemplado, que las acciones de los cuerpos desestabilicen los números que había calculado y que los cuerpos produzcan de formas no previstas en sus planes.
La mayoría de moralistas de este tipo logra reducir esas prohibiciones a una sola: está prohibido que los cuerpos actúen motivados por pensamientos que no contemplan números sino emociones. Cuando escuchan el término “sentimientos morales” padecen escalofríos.
III
Adora la lascivia y el placer. Puede recitar en secuencia los siete pecados capitales y cada día de la semana procura practicar al menos uno. Su agenda política consiste en la total liberación del cuerpo y su arma predilecta para lograrlo es la seducción.
Lo que este moralista ignora es que la seducción es un arma similar a un boomerang: efectiva pero peligrosa en las manos equivocadas. Por eso su proyecto tiende a mutar en la esclavitud de los cuerpos del prójimo y en la conversión del otrora liberador en esclavo de su propio cuerpo. Es terrible cuando el amo prohíbe gozar, pero es monstruoso cuando obliga a gozar.
Este tipo de moralista mantiene una relación curiosa con las otras dos especies. Tiene una dependencia absoluta del primer tipo, pues quien busca escandalizar necesita de mentes propensas al escándalo. Por eso adora la moral establecida, sabe que sin reglas a torcer su vida pierde sentido.
A veces sueña con una sociedad donde todo está permitido y despierta aterrorizado. Si no hay escándalo ¿quién se fijará en él?.
Cuando este moralista descubre que su vocación al pecado puede cuantificarse, encuentra un nuevo propósito a su actividad. La desvergüenza puede generar jugosas utilidades, así que opta por conjugar la seducción con el cálculo, no sin antes asegurar que los moralistas prohíban sus ocupaciones. Lo prohibido siempre genera mayores ganancias. El destino se repite: la única prohibición que le aterra es la prohibición del lucro.
IV
El primer moralista se preocupa por los cuerpos de los demás. Al segundo le importa la relación entre los cuerpos y los números. El tercero empieza venerando la liberación de los cuerpos, pero su camino culmina en una inesperada adoración de la esclavitud.
El cuarto moralista es extraño a los anteriores. No le importa el cuerpo de los demás y siente que su cuerpo es una carga. Encuentra satisfacción en la tristeza y busca posibilidades en su impotencia.
Es habitual que procure encontrar canales de liberación haciéndose daño. Las pequeñas automutilaciones abren caminos que se cierran con sus cicatrices. Su mayor enemigo son sus propias plaquetas.
Cuando un cuerpo es una carga, el cuerpo no puede desplegar emociones, pensamientos ni acciones.
Su moral es la impotencia.
V
El primer paso es desconfiar de los moralistas.
El segundo paso consiste en asumir que cada individuo es dueño de su cuerpo.
El tercero es convencerse de que la unión de los cuerpos desborda cualquier cifra abstracta.
El cuarto paso es doble. Implica comprender que del cuerpo procede toda tentativa de liberación, sin olvidar que el cuerpo puede ser un laberinto sin salidas.
El quinto paso radica en tener presente que el cuerpo es fuente de posibilidades. Sobre todo si se encuentra con otros cuerpos, desarrolla emociones, celebra pensamientos y despliega acciones.
El sexto paso es más complejo. Trata de memorizar los pasos previos sin olvidar la dificultad de cada uno. También implica recordar que cada paso nos lleva a un camino cuya meta desconocemos. Tal vez la meta final no ha sido trazada porque cada paso ya es una victoria.
El paso cero es reconocer que solo gracias a nuestros cuerpos podemos dar pasos.
domingo, 13 de septiembre de 2009
martes, 8 de septiembre de 2009
A la memoria de Gerald Cohen: el campamento judío como metáfora ética del socialismo.


El pasado 5 de agosto falleció el filósofo canadiense Gerald Cohen, uno de los protagonistas de buena parte de los debates recientes en torno a la fundamentación filosófica del marxismo y el socialismo.
Cohen nació en 1941 en el seno de una familia judía secular con fuertes convicciones de izquierda, por lo que creció vinculado a una comunidad que vinculaba el antifascismo con el Éxodo bíblico. En sus palabras: “nuestra pascua tenía tanto que ver con la sublevación del ghetto de Varsovia de 1943 como con la liberación de Egipto”. Esa profunda identidad secular con los vínculos comunitarios motivaba la combinación de su tradición judía con el marxismo, de ahí que su infancia implicara la visita veraniega a los campamentos donde las canciones socialistas se cantaban en el Yiddish propio de los judíos ashkenazis.
Cohen nació en 1941 en el seno de una familia judía secular con fuertes convicciones de izquierda, por lo que creció vinculado a una comunidad que vinculaba el antifascismo con el Éxodo bíblico. En sus palabras: “nuestra pascua tenía tanto que ver con la sublevación del ghetto de Varsovia de 1943 como con la liberación de Egipto”. Esa profunda identidad secular con los vínculos comunitarios motivaba la combinación de su tradición judía con el marxismo, de ahí que su infancia implicara la visita veraniega a los campamentos donde las canciones socialistas se cantaban en el Yiddish propio de los judíos ashkenazis.
La historia siguiente ya es conocida: de Canadá viajó a Oxford para estudiar filosofía en la prestigiosa universidad asistiendo a clases con Gilbert Ryle. A finales de la década de los 70 escribió “La teoría de la historia de Karl Marx: una defensa”, uno de los primeros intentos de fundir la filosofía analítica con el marxismo, para luego enfocar sus baterías en la crítica de la teorías liberales de la justicia (Nozick, Dworkin y Rawls); trabajos todos ellos que lo convirtieron en un académico respetado, llegando a serle otorgado el título de Chichele Professor en teoría social y política en All Souls College en la Universidad de Oxford.
Más allá de estos aspectos, tal vez los más conocidos del trabajo de Cohen, pues prefiero enfocarme en su reflexión sobre los principios éticos del socialismo. Tal vez, nos dice Cohen, la justificación del socialismo pueda defenderse acudiendo al “modelo del campamento”, basado éste en dos vectores: un principio de igualdad y un principio comunitario.
El principio de igualdad se concreta en una visión socialista de la igualdad de oportunidades, cuyo objetivo es corregir todas las desventajas no elegidas, bien sea por ser desventajas propias de la estructura social o desventajas resultado de una desgracia natural. En ese orden, las desigualdades en los resultados solo deben reflejar las “diferencias de gusto o elección, en vez de reflejar diferencias debidas a capacidades y poderes naturales o sociales”. En suma, la igualdad socialista de oportunidades apunta a que “las diferencias en el ingreso sólo son aceptables cuando no reflejan más que distintas preferencias respecto de la relación ingresos/ocio”. Esta visión no anula las elecciones personales ni la diversidad de los modos de vida, pero sí defiende una asignación distributiva donde el bien-estar se deriva de las acciones de los individuos y no de su lugar en la sociedad o la mala suerte en la lotería natural.
El principio comunitario defiende una convicción fundamental: las personas deben preocuparse, cuando sea necesario y posible, de la suerte de los demás; además debe importarles la preocupación misma, pues no debe ser una simple imposición legal o institucional. Es aquí donde Cohen vincula su defensa del “campamento”: una visión sustantiva de la comunidad y la igualdad debe defender formas fuertes de reciprocidad. Este principio comunitario apunta a negar el principio regulador del mercado, pues “yo le sirvo a usted no por lo que pueda llegar a obtener en caso de hacerlo, sino porque usted necesita mis servicios y usted, por la misma razón, me sirve a mí… yo produzco a partir de un espíritu de compromiso con mis congéneres: deseo servirlos al mismo tiempo que deseo ser servido por ellos”. El principio comunitario refuerza los vínculos colectivos que el principio de igualdad socialista de oportunidades no desarrolla, y además busca romper la relación instrumental con nuestro prójimo: no debo relacionarme con otra persona en búsqueda de mi propio provecho sino para reforzar una convicción de reciprocidad.
Un buen resumen de esta pretensión la formula Cohen de esta manera: “la aspiración socialista es extender el ideal de comunidad a toda nuestra vida económica”. Esta aspiración no puede entenderse como resultado de un diseño institucional justo, sino que debe reforzarse con las convicciones éticas personales. El título de uno de sus últimos trabajos resume su posición: “Si eres igualitarista, ¿cómo es que eres tan rico?”. Las convicciones éticas personales no se separan de los diseños institucionales, sino que se retroalimentan recíprocamente.
Su experiencia en los campamentos judíos pudo formar su fundamentación ética del socialismo. Tal vez en algunos contextos la reflexión de Cohen suene “reformista”, pero lo cierto es que no podemos pensar una política socialista radical sin desarrollar una genuina ética socialista.
Adiós maestro.
Más allá de estos aspectos, tal vez los más conocidos del trabajo de Cohen, pues prefiero enfocarme en su reflexión sobre los principios éticos del socialismo. Tal vez, nos dice Cohen, la justificación del socialismo pueda defenderse acudiendo al “modelo del campamento”, basado éste en dos vectores: un principio de igualdad y un principio comunitario.
El principio de igualdad se concreta en una visión socialista de la igualdad de oportunidades, cuyo objetivo es corregir todas las desventajas no elegidas, bien sea por ser desventajas propias de la estructura social o desventajas resultado de una desgracia natural. En ese orden, las desigualdades en los resultados solo deben reflejar las “diferencias de gusto o elección, en vez de reflejar diferencias debidas a capacidades y poderes naturales o sociales”. En suma, la igualdad socialista de oportunidades apunta a que “las diferencias en el ingreso sólo son aceptables cuando no reflejan más que distintas preferencias respecto de la relación ingresos/ocio”. Esta visión no anula las elecciones personales ni la diversidad de los modos de vida, pero sí defiende una asignación distributiva donde el bien-estar se deriva de las acciones de los individuos y no de su lugar en la sociedad o la mala suerte en la lotería natural.
El principio comunitario defiende una convicción fundamental: las personas deben preocuparse, cuando sea necesario y posible, de la suerte de los demás; además debe importarles la preocupación misma, pues no debe ser una simple imposición legal o institucional. Es aquí donde Cohen vincula su defensa del “campamento”: una visión sustantiva de la comunidad y la igualdad debe defender formas fuertes de reciprocidad. Este principio comunitario apunta a negar el principio regulador del mercado, pues “yo le sirvo a usted no por lo que pueda llegar a obtener en caso de hacerlo, sino porque usted necesita mis servicios y usted, por la misma razón, me sirve a mí… yo produzco a partir de un espíritu de compromiso con mis congéneres: deseo servirlos al mismo tiempo que deseo ser servido por ellos”. El principio comunitario refuerza los vínculos colectivos que el principio de igualdad socialista de oportunidades no desarrolla, y además busca romper la relación instrumental con nuestro prójimo: no debo relacionarme con otra persona en búsqueda de mi propio provecho sino para reforzar una convicción de reciprocidad.
Un buen resumen de esta pretensión la formula Cohen de esta manera: “la aspiración socialista es extender el ideal de comunidad a toda nuestra vida económica”. Esta aspiración no puede entenderse como resultado de un diseño institucional justo, sino que debe reforzarse con las convicciones éticas personales. El título de uno de sus últimos trabajos resume su posición: “Si eres igualitarista, ¿cómo es que eres tan rico?”. Las convicciones éticas personales no se separan de los diseños institucionales, sino que se retroalimentan recíprocamente.
Su experiencia en los campamentos judíos pudo formar su fundamentación ética del socialismo. Tal vez en algunos contextos la reflexión de Cohen suene “reformista”, pero lo cierto es que no podemos pensar una política socialista radical sin desarrollar una genuina ética socialista.
Adiós maestro.
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