

El pasado 5 de agosto falleció el filósofo canadiense Gerald Cohen, uno de los protagonistas de buena parte de los debates recientes en torno a la fundamentación filosófica del marxismo y el socialismo.
Cohen nació en 1941 en el seno de una familia judía secular con fuertes convicciones de izquierda, por lo que creció vinculado a una comunidad que vinculaba el antifascismo con el Éxodo bíblico. En sus palabras: “nuestra pascua tenía tanto que ver con la sublevación del ghetto de Varsovia de 1943 como con la liberación de Egipto”. Esa profunda identidad secular con los vínculos comunitarios motivaba la combinación de su tradición judía con el marxismo, de ahí que su infancia implicara la visita veraniega a los campamentos donde las canciones socialistas se cantaban en el Yiddish propio de los judíos ashkenazis.
Cohen nació en 1941 en el seno de una familia judía secular con fuertes convicciones de izquierda, por lo que creció vinculado a una comunidad que vinculaba el antifascismo con el Éxodo bíblico. En sus palabras: “nuestra pascua tenía tanto que ver con la sublevación del ghetto de Varsovia de 1943 como con la liberación de Egipto”. Esa profunda identidad secular con los vínculos comunitarios motivaba la combinación de su tradición judía con el marxismo, de ahí que su infancia implicara la visita veraniega a los campamentos donde las canciones socialistas se cantaban en el Yiddish propio de los judíos ashkenazis.
La historia siguiente ya es conocida: de Canadá viajó a Oxford para estudiar filosofía en la prestigiosa universidad asistiendo a clases con Gilbert Ryle. A finales de la década de los 70 escribió “La teoría de la historia de Karl Marx: una defensa”, uno de los primeros intentos de fundir la filosofía analítica con el marxismo, para luego enfocar sus baterías en la crítica de la teorías liberales de la justicia (Nozick, Dworkin y Rawls); trabajos todos ellos que lo convirtieron en un académico respetado, llegando a serle otorgado el título de Chichele Professor en teoría social y política en All Souls College en la Universidad de Oxford.
Más allá de estos aspectos, tal vez los más conocidos del trabajo de Cohen, pues prefiero enfocarme en su reflexión sobre los principios éticos del socialismo. Tal vez, nos dice Cohen, la justificación del socialismo pueda defenderse acudiendo al “modelo del campamento”, basado éste en dos vectores: un principio de igualdad y un principio comunitario.
El principio de igualdad se concreta en una visión socialista de la igualdad de oportunidades, cuyo objetivo es corregir todas las desventajas no elegidas, bien sea por ser desventajas propias de la estructura social o desventajas resultado de una desgracia natural. En ese orden, las desigualdades en los resultados solo deben reflejar las “diferencias de gusto o elección, en vez de reflejar diferencias debidas a capacidades y poderes naturales o sociales”. En suma, la igualdad socialista de oportunidades apunta a que “las diferencias en el ingreso sólo son aceptables cuando no reflejan más que distintas preferencias respecto de la relación ingresos/ocio”. Esta visión no anula las elecciones personales ni la diversidad de los modos de vida, pero sí defiende una asignación distributiva donde el bien-estar se deriva de las acciones de los individuos y no de su lugar en la sociedad o la mala suerte en la lotería natural.
El principio comunitario defiende una convicción fundamental: las personas deben preocuparse, cuando sea necesario y posible, de la suerte de los demás; además debe importarles la preocupación misma, pues no debe ser una simple imposición legal o institucional. Es aquí donde Cohen vincula su defensa del “campamento”: una visión sustantiva de la comunidad y la igualdad debe defender formas fuertes de reciprocidad. Este principio comunitario apunta a negar el principio regulador del mercado, pues “yo le sirvo a usted no por lo que pueda llegar a obtener en caso de hacerlo, sino porque usted necesita mis servicios y usted, por la misma razón, me sirve a mí… yo produzco a partir de un espíritu de compromiso con mis congéneres: deseo servirlos al mismo tiempo que deseo ser servido por ellos”. El principio comunitario refuerza los vínculos colectivos que el principio de igualdad socialista de oportunidades no desarrolla, y además busca romper la relación instrumental con nuestro prójimo: no debo relacionarme con otra persona en búsqueda de mi propio provecho sino para reforzar una convicción de reciprocidad.
Un buen resumen de esta pretensión la formula Cohen de esta manera: “la aspiración socialista es extender el ideal de comunidad a toda nuestra vida económica”. Esta aspiración no puede entenderse como resultado de un diseño institucional justo, sino que debe reforzarse con las convicciones éticas personales. El título de uno de sus últimos trabajos resume su posición: “Si eres igualitarista, ¿cómo es que eres tan rico?”. Las convicciones éticas personales no se separan de los diseños institucionales, sino que se retroalimentan recíprocamente.
Su experiencia en los campamentos judíos pudo formar su fundamentación ética del socialismo. Tal vez en algunos contextos la reflexión de Cohen suene “reformista”, pero lo cierto es que no podemos pensar una política socialista radical sin desarrollar una genuina ética socialista.
Adiós maestro.
Más allá de estos aspectos, tal vez los más conocidos del trabajo de Cohen, pues prefiero enfocarme en su reflexión sobre los principios éticos del socialismo. Tal vez, nos dice Cohen, la justificación del socialismo pueda defenderse acudiendo al “modelo del campamento”, basado éste en dos vectores: un principio de igualdad y un principio comunitario.
El principio de igualdad se concreta en una visión socialista de la igualdad de oportunidades, cuyo objetivo es corregir todas las desventajas no elegidas, bien sea por ser desventajas propias de la estructura social o desventajas resultado de una desgracia natural. En ese orden, las desigualdades en los resultados solo deben reflejar las “diferencias de gusto o elección, en vez de reflejar diferencias debidas a capacidades y poderes naturales o sociales”. En suma, la igualdad socialista de oportunidades apunta a que “las diferencias en el ingreso sólo son aceptables cuando no reflejan más que distintas preferencias respecto de la relación ingresos/ocio”. Esta visión no anula las elecciones personales ni la diversidad de los modos de vida, pero sí defiende una asignación distributiva donde el bien-estar se deriva de las acciones de los individuos y no de su lugar en la sociedad o la mala suerte en la lotería natural.
El principio comunitario defiende una convicción fundamental: las personas deben preocuparse, cuando sea necesario y posible, de la suerte de los demás; además debe importarles la preocupación misma, pues no debe ser una simple imposición legal o institucional. Es aquí donde Cohen vincula su defensa del “campamento”: una visión sustantiva de la comunidad y la igualdad debe defender formas fuertes de reciprocidad. Este principio comunitario apunta a negar el principio regulador del mercado, pues “yo le sirvo a usted no por lo que pueda llegar a obtener en caso de hacerlo, sino porque usted necesita mis servicios y usted, por la misma razón, me sirve a mí… yo produzco a partir de un espíritu de compromiso con mis congéneres: deseo servirlos al mismo tiempo que deseo ser servido por ellos”. El principio comunitario refuerza los vínculos colectivos que el principio de igualdad socialista de oportunidades no desarrolla, y además busca romper la relación instrumental con nuestro prójimo: no debo relacionarme con otra persona en búsqueda de mi propio provecho sino para reforzar una convicción de reciprocidad.
Un buen resumen de esta pretensión la formula Cohen de esta manera: “la aspiración socialista es extender el ideal de comunidad a toda nuestra vida económica”. Esta aspiración no puede entenderse como resultado de un diseño institucional justo, sino que debe reforzarse con las convicciones éticas personales. El título de uno de sus últimos trabajos resume su posición: “Si eres igualitarista, ¿cómo es que eres tan rico?”. Las convicciones éticas personales no se separan de los diseños institucionales, sino que se retroalimentan recíprocamente.
Su experiencia en los campamentos judíos pudo formar su fundamentación ética del socialismo. Tal vez en algunos contextos la reflexión de Cohen suene “reformista”, pero lo cierto es que no podemos pensar una política socialista radical sin desarrollar una genuina ética socialista.
Adiós maestro.

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